sábado, 1 de agosto, 2026

Cuando las obras agravan las inundaciones

Por Luis Eduardo Susmann

Una vez más, todo indica que el fenómeno climático El Niño traerá consigo precipitaciones superiores a las habituales. Como ocurre cada vez que se anuncian lluvias extraordinarias, las autoridades provinciales, municipales o comunales informan planes, obras y medidas destinadas a reducir el riesgo de inundaciones. Sin embargo, cabe preguntarse si realmente se está actuando sobre una de las principales causas del problema.

Las inundaciones no dependen únicamente de la cantidad de agua que cae del cielo. También dependen de la velocidad con que esa agua puede escurrir. Y es precisamente allí donde, desde hace décadas, seguimos arrastrando errores que nadie parecería dispuesto a corregir.

En nuestra región existen numerosas obras que, lejos de facilitar el drenaje natural, actúan como verdaderos diques. Me refiero, en particular, a los estrechos puentes construidos para atravesar el denominado Canal Principal Santa María–San Jerónimo Norte. Un nombre, por cierto, tan extenso como inexacto, ya que el canal atraviesa varias otras localidades además de las que menciona.

Cuando el caudal supera la capacidad de los estrechos vanos de los puentes, el agua ya no puede avanzar con la velocidad necesaria. Comienza entonces a acumularse aguas arriba de cada puente, que actúa como cuello de botella elevando progresivamente el nivel de la inundación hasta que finalmente desborda por sobre los caminos. En ese momento, el nivel de la inundación deja de crecer porque los caminos anegados funcionan como aliviadores improvisados, pero recién después de haber elevado innecesariamente el nivel del agua sobre los campos.

Lo más preocupante es que, frente a este problema, la solución adoptada en muchos casos ha sido exactamente la contraria de la que indica el sentido común: en lugar de ampliar los vanos de los puentes para permitir un escurrimiento más rápido, se han elevado aún más los caminos para que no se interrumpa el tránsito vehicular. Es decir, se reforzó el dique en lugar de eliminar el obstáculo.

El caso más evidente de esta situación es la mano norte de la Autovía 19. Desde su construcción, las aguas ya no atraviesan la calzada como ocurría en la antigua Ruta Nacional 19 –que hoy es la mano sur de la autovía-. A primera vista, podría interpretarse como un éxito de la ingeniería. Sin embargo, esa aparente solución trasladó el problema de las inundaciones hacia el norte de la autovía. Allí las crecidas alcanzan mayores niveles y permanecen durante más tiempo, porque el agua solo puede escurrir a través de muy pocos vanos que, además, tienen anchos claramente insuficientes. Lo que antes cruzaba libremente sobre la antigua ruta ahora queda retenido aguas arriba, afectando campos, caminos, establecimientos rurales e incluso cascos urbanos.

A ello se suma otro hecho poco mencionado. La Autovía 19 no se construyó sobre la traza histórica de la antigua ruta, en el límite entre las localidades de San Carlos Norte y San Jerónimo Norte. De ese modo, esta última localidad no solo perdió el acceso directo propio a su principal corredor vial, sino también la posibilidad de participar activamente en las decisiones sobre una obra que condiciona buena parte de su territorio.

En los hechos, las obras ejecutadas dentro de la jurisdicción de San Carlos Norte parecen priorizar la protección de los sectores ubicados al sur de la autovía, mientras que las consecuencias recaen sobre los terrenos situados al norte: una pequeña franja de esa misma localidad, la mayor parte de San Jerónimo Norte y Santa María Norte, así como fracciones de Humboldt y San Jerónimo del Sauce. El agua, naturalmente, no reconoce límites administrativos.

Y este no es un caso aislado. Los caminos que atraviesan el Canal Principal Santa María–San Jerónimo Norte presentan, en su mayoría, vanos demasiado reducidos para permitir el paso adecuado de los caudales durante las crecientes. Ello multiplica el efecto dique de la autovía. Se trata de un problema estructural, repetido una y otra vez, que agrava innecesariamente los efectos de cada episodio de lluvias intensas.

Con frecuencia se atribuyen las inundaciones exclusivamente al cambio climático o a fenómenos extraordinarios como El Niño. Sin embargo, una parte importante de los daños es consecuencia de decisiones humanas. Las lluvias pueden ser inevitables; los obstáculos que impiden el escurrimiento del agua, no.

Si realmente queremos disminuir el impacto de las futuras inundaciones, es hora de revisar estas obras con criterios hidráulicos y no sólo viales. No haría falta ser ingeniero especializado para darse cuenta que es necesario ampliar los vanos de los puentes, en lugar de seguir elevando caminos. Ello no debería ser una propuesta polémica, sino una prioridad técnica.

Porque la próxima inundación no preguntará qué jurisdicción construyó cada obra ni qué administración estaba en funciones. El agua simplemente buscará su curso natural. La verdadera pregunta es si nosotros estaremos, por fin, dispuestos a dejarla pasar. ¡Ojalá que sí!